A lo largo de treinta años de trabajo en centros de enseñanza privados y públicos en España y en Estados Unidos, me he encontrado repetidamente, bien directamente o bien a través de experiencias de otros profesores, con un panorama similar en lo que a la escritura se refiere:

  1. La tendencia a utilizar la escritura con dos funciones predominantes: la primera,”mostrar lo que se sabe o lo que se ha aprendido” (telling knowledge); la segunda,resolver actividades breves procedentes de libros de texto, cuadernos de trabajo, materiales fotocopiados o directamente del profesorado. Es decir, lo que se llama usos instrumentales de la lengua escrita. 
  2. La tendencia a concentrar el desarrollo de la escritura creativa en el ámbito de la enseñanza de lenguas primeras, segundas y extranjeras.
  3. La tendencia a trabajar la escritura creativa a partir de temas y requisitos decididos por el profesorado.
  4. La escasez de feedback recibido por los estudiantes, en gran parte como consecuencia del exceso de estudiantes por grupo y de la unidireccionalidad del feedback, que suele proceder de una misma persona para cada uno de los estudiantes que lo reciben.
  5. La casi inexistencia de una reflexión sobre los efectos que la práctica de la escritura creativa produce sobre quienes la practican. Con frecuencia, esta cuestión se limita al aprendizaje lingüístico y el progreso académico.

Frente a esto, existen investigaciones teóricas y estudios de campo que nos ofrecen información sobre los efectos de la escritura creativa. Asumirlos y plantearlos como objetivos supone cambiar el marco en el que se practica la escritura:

  1. Los avances que se producen en cualquiera de las destrezas lingüísticas fortalecen el desarrollo de las otras. Según esto, al mejorar nuestra expresión escrita, estamos mejorando también nuestra capacidad de expresión en general y nuestras habilidades receptivas (Bendito 1989).
  2. Cuando escribimos, elaboramos conocimientos (Camps 1990, 10; Scardamalia; Bereiter 1985).
  3. Cuando escribimos, mantenemos una especie de diálogo interiorizado entre varias voces: nosotros como autores de los textos, y quienes vayan a ser o puedan ser los receptores de los mismos, incluso cuando esos receptores somos nosotros mismos como ocurre, por ejemplo, con los diarios personales. A través de ese diálogo, asumimos los dos papeles de emisores y receptores, es decir, vemos lo que escribimos y a nosotros desde dentro y desde fuera de nosotros mismos al mismo tiempo. 
  4. Escribir, especialmente cuando escribimos teniendo presente en nuestra mente a los posibles receptores de lo que escribimos, nos ofrece la oportunidad de vivir la diferencia entre intención e impacto, uno de los principios fundamentales de la comunicación interpersonal, tanto en la vida privada como en la profesional. Es decir, podemos comprobar la diferencia entre lo que queremos conseguir con lo que escribimos y lo que realmente conseguimos (Ribal 1995).
  5. Escribir nos ayuda a desarrollar un sentido de la propia creatividad y de nuestra autonomía personal en ámbitos que van más allá de la escritura. 
  6. El mismo acto físico de escribir puede generar una placentera sensación de calma.
  7. Escribir contribuye a reducir el estrés y fortalecer nuestro sistema inmunológico.
  8. Escribir nos obliga a ralentizar nuestro pensamiento, lo cual facilita nuestra comprensión (Hawkins 2008).
  9. Cuando escribimos, acuden a nuestra mente ideas que no se activarían si no estuviéramos escribiendo (Camps 1990).

Además, existe un volumen considerable de investigación sobre los efectos terapéuticos de la escritura creativa. A este apasionante aspecto le dedicaré otro artículo más adelante.

José María Ribal

www.josemariaribal.com

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